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Celia Cruz
(La Habana, 1924 - Fort Lee, Estados Unidos, 2003) Celia Caridad Cruz Alfonso nació en el barrio de Santos Suárez de La Habana
el 21 de octubre de 1924, si bien algunas fuentes señalan su nacimiento cuatro años antes, y otras en 1925, datos todos ellos
de difícil comprobación dada la persistente negativa de la estrella a confesar su edad.
Segunda hija de un fogonero de los ferrocarriles, Simón Cruz, y del ama de casa Catalina
Alfonso, Celia Cruz compartió su infancia con sus tres hermanos -Dolores, Gladys y Barbarito- y once primos, y sus quehaceres
incluían arrullar con canciones de cuna a los más pequeños; así empezó a cantar. Su madre, que tenía una voz espléndida, supo
reconocer en ella la herencia de ese don cuando, con once o doce años, la niña cantó para un turista que, encantado con la
interpretación, le compró un par de zapatos.
Con otras canciones y nuevos forasteros calzó a todos los niños de la casa. Después se dedicó
a observar los bailes y a las orquestas a través de las ventanas de los cafés cantantes, y no veía la hora de saltar al interior.
Sin embargo, sólo su madre aprobaba esa afición: su padre quería que fuese maestra, y no sin pesar intentó satisfacerle y
estudiar magisterio, pero pudo más el corazón cuando estaba a punto de terminar la carrera y la abandonó para ingresar en
el Conservatorio Nacional de Música.
Mientras tanto, Celia Cruz cantaba y bailaba en las corralas habaneras y participaba en
programas radiofónicos para aficionados, como La Hora del Té o La Corte Suprema del Aire, en los que obtenía primeros premios
tales como un pastel o una cadena de plata, hasta que por su interpretación del tango Nostalgias recibió en pago 15
dólares en Radio García Cerrá.
Más tarde cantó en las orquestas Gloria Matancera y Sonora Caracas y formó parte del espectáculo
Las mulatas de fuego, que recorrió Venezuela y México. En 1950 ya había intervenido en varias emisoras cuando pasó
a integrar el elenco del cabaret Tropicana, donde la descubrió el director de la Sonora Matancera, el guitarrista Rogelio
Martínez, y la contrató para reemplazar a Mirta Silva, la solista oficial de la orquesta.
 Celia Cruz en 1950
A lo largo de los años cincuenta Celia Cruz y la Sonora Matancera brillaron en la Cuba de
Pío Leyva, Tito Gómez y Barbarito Díez; del irrepetible Benny Moré, del dúo Los Compadres, con Compay Primo (Lorenzo Hierrezuelo)
y Compay Segundo... La Cuba de Chico O’Farril y su Sun sun babae, la de La conga de los Habana Cuban Boys, la
de Miguel Matamoros con su Mamá, yo quiero saber de dónde son los cantantes, la de Miguelito Valdés con su Babalú...
Celia aportó su Cao Cao Maní Picao y se convirtió en un éxito, y otro posterior, Burundanga, la llevó a Nueva
York en abril de 1957 para recoger su primer disco de oro.
Celia Cruz se había ganado ya varios de los apodos y títulos con que quisieron distinguirla.
Fue la Reina Rumba, la Guarachera de Oriente y, desde las primeras giras -por México, Argentina, Venezuela, Colombia...-,
la Guarachera de Cuba.
Era la Cuba corrupta y bullanguera de Fulgencio Batista. Cuando el dictador se vio obligado
a refugiarse en la República Dominicana ante el triunfo de los castristas, el 1 de enero de 1959, la orquesta tuvo que andar
otros caminos. Según la cantante, desde entonces soportaba mal que le dijeran qué y dónde tenía que cantar. El 15 de julio
de 1960 la banda en pleno consiguió el permiso para presentarse en México y, una vez allí, en parte impulsada por el agravamiento
de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, decidió no regresar.
Después de un año de aplausos en la capital azteca, Celia Cruz se mudaba a Estados Unidos
y sellaba su primer compromiso para actuar en el Palladium de Hollywood. Si bien declaró en aquellos días «he abandonado
todo lo que más quería porque intuí enseguida que Fidel Castro quería implantar una dictadura comunista», su furibunda
militancia anticastrista nació después, a partir del 7 de abril de 1962, cuando supo de la muerte de su madre y no pudo entrar
en la isla para asistir al entierro. Llegó a confesar incluso que estaba dispuesta a inmolarse haciendo estallar una bomba
si con ello hacía desaparecer «al Comandante».
Tres meses después, el 14 de julio de 1962, Celia Cruz se casó con el primer trompetista
de la orquesta, Pedro Knight, quien a partir de 1965, en que ambos dejaron la Sonora, se convirtió en su representante. Celia
Cruz inició su trayectoria como solista junto al percusionista Tito Puente, con el que grabó ocho álbumes. Los jóvenes hispanos
de Nueva York la descubrieron en 1973 en el Carnegie Hall, cuando integraba el elenco de la «salsópera» Hommy, de Larry
Harlow.
 Celia Cruz en un concierto de 1997
Posteriormente, participó en un legendario concierto grabado en vivo en el Yanquee Stadium
con The Fania All-Stars, un conjunto integrado por líderes de grupos latinos que grababan para el sello Fania. Ya era famosa
en 1974, cuando grabó el disco Celia & Johnny con el flautista dominicano Johnny Pacheco, considerado el primer
clásico del género.
Desde entonces, el éxito fue una constante en centenares de conciertos coreados por un público
entregado al grito de su Bemba colorá. Esa voz electrizante, su alegría contagiosa y el llamativo vestuario fueron
pronto una bandera de identidad de los inmigrantes. Ella, a su vez, terminó por asumir el rol de estandarte del anticastrismo.
 Celia Cruz en la entrega de los Grammy del 2000
Como tal, Celia Cruz quiso dejar su impronta también en el cine, y participó como actriz
-ya lo había hecho varias veces como cantante- en Los reyes del mambo (1992) y Cuando salí de Cuba (1995), porque
ambas películas reflejaban historias de los primeros exiliados cubanos, en parte cercanas a la suya. Aunque la suya fue única,
y así lo entendieron los miles de compatriotas que desfilaron ante sus restos despues de que falleciese el 16 de julio de
2003, a los setenta y ocho años de edad, en Miami y Nueva York, donde recibió sepultura. También los cubanos de la isla, pese
a la prohibición oficial de su música después de más de cuarenta años, reconocían su valor de guarachera universal, la más
grande embajadora musical de Cuba. Pocos días después de su fallecimiento fue homenajeada por sus compañeros de profesión
en la gala de entrega de los Grammy latinos.
«¡Azúcar!» era su potente grito infeccioso, la contraseña de apertura y cierre de sus conciertos
y la clave para hacerse entender en todo el mundo. Difícilmente alguien ha bailado más -y ha hecho bailar más- que esta cubana
de sonrisa contagiosa y persistente que conquistó adeptos de todas las latitudes a lo largo de más de cincuenta años de exitosa
trayectoria. Cantante de guarachas, danzones, sones y rumbas en sus comienzos, Celia Cruz siempre estuvo abierta a nuevas
experiencias que la llevaron a abordar otros ritmos y a unirse a proyectos en principio arriesgados para una artista consagrada.

Así se erigió en la imagen distintiva de la salsa con orquestas como las de Tito Puente,
Willie Colón, Ray Barretto o Johnny Pacheco, y así llegó a cantar incluso rock o tango, y a unir su poderosa voz a la de intérpretes
tan dispares como el británico David Byrne, el rumbero gitano Azuquita, el grupo argentino Los Fabulosos Cadillacs, los españoles
Jarabe de Palo y el rapero haitiano Wyclef Jean, además de improvisar duetos con sus amigas Lola Flores y Gloria Estefan,
y con Dionne Warwick o Patti Labelle.
Enfundada en sus fastuosos y extravagantes vestidos, tocada con pelucas imposibles y encaramada
sobre esos zapatos únicos de alto tacón inexistente, Celia Cruz conservó hasta casi el último momento una vitalidad insólita.
Feliz con su flamante Grammy al mejor álbum de salsa por La negra tiene tumbao, en el verano de 2002 celebró su 40º
aniversario de matrimonio con una fiesta que le organizó la cantante Lolita Flores en Madrid. En noviembre, durante un concierto
en el Hipódromo de las Américas de México, D. F., empezó a perder el control del habla. Al regresar a Estados Unidos se sometió
a la extirpación de un tumor cerebral, pero al final no hubo remedio. Aun así, el 13 de marzo apareció por última vez en público
cuando la comunidad latina le tributó un homenaje en el teatro Jackie Gleason de Miami, que ella rogó que no fuera como una
despedida. Se sentía optimista y con fuerzas. Por esos días, entre febrero y marzo, grabó un último disco que no llegó a ver
editado, Te entrego el alma.

Celia Cruz, la universal
Celia Cruz, un símbolo de la gracia y la sinceridad cubana. El mundo la llora. La
llora Nueva York y la Pequeña Habana. Y en la vena subterránea del corazón de los cubanos en Cuba corre también amoroso dolor.
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Celia Cruz |
He meditado largamente sobre el concepto odio. Su legítima utilidad. Los cubanos todos pasamos por
esto. Los que hoy están acá y los que están allá. Y tanto los de acá como los de allá hicimos del odio un patrón de cultura
política. Aún cuando José Martí, el padre espiritual de todos los cubanos –los de allá y los de acá- nos inculcara que
desconfiáramos del odio, pues no hay poder más grande que el poder del amor.
En nombre del odio de clases desarrollamos por años un proyecto que envenenó los momentos más hermosos
de la Revolución Cubana, una Revolución que, valga decirlo, triunfó con el apoyo de todas las clases.
Gozábamos el
Apocalipsis de términos como “odio de clases”, “intransigencia revolucionaria”, “partidismo
militante”, “el partido es inmortal” y decenas de frases transpirantes de inflexibilidad.
¿A quiénes
sirvieron estos sentimientos en una época donde la Revolución se hallaba más sólida que nunca? Me pregunto a veces, consciente
de que en situaciones de enfrentamientos violentos, el odio, la intolerancia y la irreconciliación hacen ganar batallas. Sirvieron
a los oportunistas de turno. A los que hacen política buscando una prebenda o una beneficiosa posición de poder.
Hoy
con la muerte de Celia Cruz, estos recuerdos se han volcado sobre mí como se agolpaban las penas de aquel viejo trovador:
unos a otros, junto una frase que se esgrime en las ceremonias de despedida de la reina cubana y que me llena de dolor y rabia,
por qué sé del lado que nos toca.
No he profundizado nunca en por qué tantos buenos creadores abandonaron Cuba en
1959. A veces la revelación de las causas como en el caso de Ernesto Lecuona u Olga Guillot me dejan desconcertada. De Celia
nunca supe, pero guardo en mis memorias esta breve historia.
Me hallaba en Bogotá a principios de los 90 y en amplio
despliegue de prensa leí una nota donde Celia Cruz se negaba a cantar en un concierto de esa ciudad si no se retiraba el cartel
que a sus espaldas anunciaba un producto cubano. Cuando los amigos de Cuba trataron de suavizarla, ella respondió tajante
y con la fuerza moral que la sostuvo siempre: "No voy a apoyar con mi nombre ni con mi música nada que conserve en el
poder a Fidel Castro, porque él no me permitió que yo acompañara al cementerio los restos de mi madre”. Era algo
así como: a una, otra. Y le comenté al Cónsul de Cuba en aquella época: ¿Se habrá enterado Fidel de esto?.
Celia, fiel
a sí misma, a su arte, a su religión, a su familia y a su pueblo aceptó lo que para su naturaleza fue coherentemente aceptable.
Y se dio el lujo de ser honesta, cualidad tan peligrosa en cualquier tiempo.
Defendió nuestra música, no sólo con
su talento, personalidad y metal inigualable, también la defendió de los bribones. Colocándose por encima de las pasiones
políticas, prevaleció su pasión por la verdad y cuando algunos intentaron escamotearle al son su fuerza fue Celia y no otro
quien con su acerada lengua y su irrespeto hacia lo inauténtico, directa y sencilla, –tal como el niño de la leyenda
que en medio del tumulto dijo: "el rey está desnudo"- colocó las cosas en su lugar.
La frustración de Celia, la más
grande –pienso- fue no poder regresar a su patria, Cuba, y cantar con esas ganas a su pueblo. Porque Celia amó infinitamente
al pueblo cubano. Eligió el camino del exilio porque sintió que de esa forma defendía su arte. Lo respiraba en toda su integridad.
Y lo salvó encontrando el mejor lugar para él en esos momentos. No valen reproches. Celia hizo lo correcto. Entendió que no
debía esperar. Su intuición la llevó por el camino adecuado según su ética. Y estaba en lo cierto. Las culturas tienen patria,
el arte no. Los artistas tienen patria, el arte no. El arte vibra con la energía del cosmos que lo sostiene. No es posible
aprisionarlo en un contexto como no es posible embotellar el sol.
El arte crece donde se le cuida y se le mima. Y
donde se le ofende o abandona el arte muere.
Celia escogió el camino del exilio, fue su opción y debe respetarse. Celia
no estuvo de acuerdo con el sistema comunista que asumió la Revolución Cubana después del triunfo. Fue su opción y debe respetársele.
Funcionarios del Gobierno Cubano tampoco fue respetuosos con Celia ni se trató de rectificar las decenas de torpezas que se
cometieron con quien sin discusión era, es y seguirá siendo no sólo la reina de la salsa –como dicen en Miami- sino
la reina de la música cubana. Porque Celia Cruz le entrega al mundo al final de sus días tanta gloria a los cubanos, como
la que le consiguió Antonio Maceo, en nuestra malograda guerra de independencia, con la hidalguía de su machete.
Ahora
que Celia acaba de elevarse a las alturas escribo esta despedida. Y me uno a los buenos que la veneran y han conseguido que
el silencio no manche el honor de los que vivimos en La Habana. El mundo la llora. La llora Nueva York y la Pequeña Habana.
Y en la vena subterránea del corazón de los cubanos en Cuba corre también amoroso dolor. Una vez más la vida nos vuelve a
dar la misma lección: no podemos matar los símbolos. Y eso es Celia Cruz. Venerémosla. Más allá de todas las políticas. De
cualquier modo el símbolo renacerá continuamente y nos dará en la cara, como renace Cristo cada vez.
Santo Domingo, 19 de julio de 2003
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La cita era
un martes a las dos de la tarde en el edificio que la Sony tiene en Manhattan (Nueva York), aunque al final la entrevista
se tuvo que posponer 24 horas porque Celia amaneció el día H destrozada: "¡Ay, mi niño! El concierto que di el lunes por la
noche en el Carnegie Hall me tenía muy preocupada.
Como estaba en Suiza promocionando el disco no tuve tiempo para
ensayar con los músicos y no sabía cómo iba a salir todo. El martes me levanté estresada y con un poquito de fiebre y, como
el día estaba lluvioso, preferí quedarme en casa. Perdonen por la demora".
Pregunta.- Lo que todavía
no entiendo es cómo una caribeña como usted puede vivir en una ciudad tan fría como Nueva York. Respuesta.- Mira,
chico: yo padezco de presión baja y si viviera en Miami o en Puerto Rico debería estar todo el tiempo con el aire acondicionado
-que sabes que va fatal para la voz- o en la playa. Y a la playa nunca voy porque me da vergüenza ponerme en traje de baño.
Por otra parte, Nueva York me apasiona. Sé que es una ciudad bulliciosa, pero ¡yo vivo del bullicio! Aunque te diré que mi
casa está en las afueras, en Nueva Jersey, un lugar en el que no se sienten las moscas volar.
Pura vida. Eso es lo que es Celia Cruz,
quien a sus 80 años goza de una vitalidad desbordante. "Lo que yo hago no lo hace gente más joven que yo", asegura orgullosa.
Y tiene razón: tras presentar su nuevo disco, Siempre viviré, en diversos países europeos, cruzó el Atlántico para actuar
en el Carnegie Hall y, tras una breve paradita en casa, cuatro días, volvió a hacer las maletas rumbo a Miami, luego a Colombia,
a mediados de diciembre a España… Pero no se queja. Acepta con la mejor de su inacabable sonrisa los inconvenientes
de la promoción -entrevistas, fotos...- y en cuanto la jaleas un poco te canta lo más granado de su repertorio y por el mismo
precio te suelta el inevitable "asssúcar". Lo que no le hace ninguna gracia es que el fotógrafo le pida que se ponga seria
para posar: "¡No me gusta, muchacho. Bastante dura es la vida como para encima ponerle mala cara!".
P.-El título de su nuevo disco tiene un cierto
toque nostálgico. Suena a retirada. R.-¡Qué va!, no me pienso retirar nunca. Sólo lo haré cuando Dios diga. Si él
me quita las cuerdas vocales o el público deja de venir a mis conciertos diré adiós a los escenarios; mientras tanto, seguiré
cantando.
P.-En el disco se atreve con un tango, Uno,
y con la versión del archiconocido I Will Survive de Gloria Gaynor. R.-Sí, pero el tango lo canto a mi manera.
Fíjate que en Cuba siempre gustaron mucho los tangos. Yo los cantaba cuando era niña junto a las canciones de Libertad Lamarque,
que también eran muy oídas en la isla.
P.-¿Cómo sería su vida si se hubiese quedado
en Cuba? R.-Seguro que bonita. Hubiese sido maestra de instrucción pública, fíjate qué bien, porque me encantan
los niños y enseñar. Pero el hombre propone y Dios dispone. Quería ser maestra y tener seis hijos, pero nada de eso se ha
cumplido. Hubo un momento en que mi marido me propuso adoptar, pero yo me negué. "Si el que está ahí arriba no me los dio",
le dije, "bien sabe lo que hace". Ahora me satisface, porque tengo un par de amigas que han tenido hijos drogadictos y se
sufre muchísimo. Quién sabe si por estar en el ambiente artístico mis hijos hubieran sido más proclives a caer en ese mundo...
"Entre una cena romántica y ver "La ruleta de la
fortuna", me quedo con el programa de televisión"
P.-Desde que en 1960 dijera adiós a su patria
no ha vuelto a pisar suelo cubano. ¿Qué olores y qué sabores consiguen transportarla a su país? R.-La guanábana
me recuerda mucho a Cuba, pero es una fruta que ya no la como porque es muy fría; prefiero el mamey, que también lo comía
allá. Y en cuanto a los olores… En Cuba existe una flor muy bonita que la llaman galán de noche, y cuando voy a Santo
Domingo vivo en un hotel que en su jardín tiene estas flores y su olor me recuerda a mi niñez y a mi tierra.
P.-Vivía en un barrio de La Habana... R.-Sí,
en Santo Suárez. En una casa muy humilde, pero recuerdo mi infancia como una etapa muy feliz. Ya de pequeñita tenía mucho
éxito entre mis vecinos cuando me ponía a cantar.
P.-Y de muy joven se puso a estudiar solfeo. R.-Sí,
y fíjate que tonta fui que no quise estudiar piano para no tener que cortarme las uñas. ¡Me arrepiento tanto de ello!
P.-En su casa no les hacía mucha gracia que
usted se dedicara al faranduleo. R.-A mi mamá le gustaba, pero mi papá tenía miedo porque pensaba que las muchachas
que se metían en el show business acababan convirtiéndose en mujeres de la calle. Cuando empecé a cantar no decía que yo era
su hija. Si los compañeros de trabajo le comentaban que en el periódico salía una muchacha con su apellido, él decía que no
conocía de nada a la tal Celia Cruz. Hasta que se dio cuenta de que yo no hacía nada malo y que cuando me iba de gira con
La Sonora Matancera volvía tan solita y tan decente como me había ido. Al final hasta presumía de tener una hija artista.
P.-Precisamente fue en La Sonora Matancera
donde conoció a Pedro Knight, su marido. R.-Sí, él tocaba su trompetica… Nos conocimos en 1950, pero hasta
1962 no nos casamos. Tengo que darle gracias a Dios porque nos llevamos muy bien y nos entendemos a la perfección.
P.-¿Es usted romántica? R.-¡No,
chico! ¡Yo soy guarachera y rumbera! Él sí que es muy romántico y es de los que colocan esos discos de Música para soñar,
Música para relajarse… Pero yo, qué quieres que te diga, entre una cena romántica y ver La ruleta de la fortuna, me
quedo con el programa de televisión. Soy una apasionada de las novelas y de los noticieros.
"Estoy a favor de la pena de muerte cuando se aplica
a los violadores. A los que violan a las muchachas, ¡que los maten!"
P.-¿Quién aguanta más a quién? R.-Él
me aguanta más porque yo soy más pesada. Además, siempre estoy riñéndole porque, como es diabético, tiene que hacer ejercicio
y moverse, pero él prefiere quedarse dormido en el sofá. Aunque Pedro le cuenta a todo el mundo que yo le salvé la vida, porque
cuando le diagnosticaron lo de la diabetes -allá por el año 1979- empecé a comprar todos los libros que había sobre ese tema
para poder cuidarlo a conciencia.
P.-Se rumorea que en los hoteles le lava
las camisas a mano. R.-¡Siempre! Sobre todo las camisetas para cuando se pone guayabera, porque me he dado cuenta
de que la gente no lava bien.
P.-Celia, pongámonos a soñar e imaginemos
que vuelve a Cuba. ¿Qué es lo primero que haría? R.-Ir directamente a la tumba de mi madre, porque no me dejaron
ir a su entierro. ¿Tú crees que tenía que pedir visado para entrar en mi propio país? Y aun así, tenía que esperar como dos
meses para que me lo concedieran. Total, que al final pasé el entierro cantando en un teatro del Bajo Manhattan junto a Armando
Manzanero y Lucho Gatica. Cuando no me tocaba cantar me iba a llorar a los camerinos. Fue tremendo. Después de rezarle a mi
madre, si me lo permiten, tremendo concierto en el Parque Central para todo el pueblo cubano, que sé que me quiere.
P.-¿Con qué canción iniciaría el concierto? R.-Con
Canto a La Habana, ésa que dice "Cuba qué lindos son tus paisajes, Cuba qué lindos son...".
P.-Cuentan que La Habana está destrozada. R.-Eso
me explican mis amigos, que está más fea… Fíjate que la llaman San Lázaro porque está en muletas.
P.-¿Ha visto Guantanamera o Fresa y chocolate?
En ellas salen muchos planos de La Habana... R.-No voy al cine porque prefiero la televisión, pero vi Fresa y chocolate
en Argentina en casa de una amiga mía que se llama Amelita Vargas y me dio mucha pena ver cómo estaba la ciudad... Me dicen
que no vaya porque me voy a morir de pena cuando la vea.
P.-Cuenta la leyenda que Fidel escuchaba
a Celia Cruz mientas afilaba sus rifles en Sierra Maestra. R.-¡Qué hijo de la gran..., pura y sincera! ¿No me digas
que hacía eso? Los periodistas me preguntan continuamente por él, pero a él no le preguntan jamás por mí y eso que sabe perfectamente
quién soy. A ver si ustedes se aplican el cuento.
P.-En España hay mucha gente que todavía
apoya al régimen de Castro. R.-¡Claro! Como ellos no tienen que sufrir como los que viven allá... Ésa es la cosa.
P.-Hablando de España, siempre dice que Lola
Flores le ayudó a abrirse camino en nuestro país. R.-Así es. La echo mucho de menos, me falta verla cuando voy
a España... Suelo hablar con Lolita y el otro día me encontré con Rosario en los Grammy. ¡Ay, chico!, fíjate que Lola siempre
insistía para que fuera a alguna de las fiestas que organizaba en su casa y jamás fui a ninguna. Pero, ¿sabes por qué? Porque
siempre me tocaba cantar al día siguiente y me tenía que cuidar la voz.
P.-Lola ya no está. Tampoco su gran amigo
Tito Puente... R.-Así es la vida. No me da miedo la muerte, lo que sí me gustaría es que no fuera violenta. Sueño
con que me entierren en Cuba, pero por si las moscas me he comprado unos terrenos en el Bronx. Ahí acaban de enterrar a dos
amigas mías. ¿Sabes lo horroroso que es asistir al entierro de la gente que quieres? Uff, chico, eso es horrible. Menos mal
que mi fe me salva. Creo mucho en Dios y le rezo constantemente. ¡Abuso de tanto pedirle, sobre todo salud!
P.-Usted se define como "católica, apostólica
y africana". R.-Sí, sí… (risas). Y aunque sea cubana, no soy nada santera. No me gusta. Y eso que mi familia
está en la santería, que entró en mi casa después de que yo me marchara de Cuba.
P.-Celia, menudo jaleo con las elecciones
norteamericanas. No hay quien se aclare. R.-Mira, yo sólo le pido al que gane que mantenga al país en buenas condiciones,
que haya trabajo y tranquilidad porque si no canto yo no como.
P.-¿Conoce lo que significa sentirse discriminada
por ser hispana? R.-No, nunca. Date cuenta que en San Francisco hay un equipo de baloncesto formado por puros negros
prietos.
P.-¿Se manifiesta a favor o en contra de
la pena de muerte? R.-Estoy a favor de la pena de muerte cuando se aplica a los violadores. A los que violan a las
muchachas, ¡que los maten! El otro día mataron a uno que hace once años había esperado a una chica a la puerta de su trabajo
y, tras violarla, la acuchilló. Lo cogieron, se probó que era él el asesino... Pues mira, que Dios me perdone, pero que lo
maten. No entiendo cómo encima hemos tenido que estar once años pagándole la manutención con nuestros impuestos a este individuo.
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